Las ceremonias iniciales de este otoño, tienen las certezas que buscamos en los largos días del estío. En ellas asumimos la intima melancolía que nos hemos mentido durante todas las otras estaciones, brotan durante los ritos de la llovizna y los ocres primordiales los recuerdos de otros otoños, con la claridad sencilla e inconmovible que solo la nostalgia puede darle a las cosas. Es allí entonces donde se cumplen los presagios, las intenciones y las delicadas esperanzas de las almas condenadas a no encontrar nunca el sosiego. La primera lluvia que nos despierta a medianoche hace germinar la semilla de tristeza sembrada en alguna infancia perdida ya para siempre y que florece ahora como la más intima sensación de soledad. El protocolo de este otoño me renovó la seguridad absoluta de que sigo siendo solo. Y en este dominio extenso de las hojas secas y los crepúsculos esplendorosos, deberé aprender el porque no fuimos mañana, deberé encontrar los trabados caminos del retorno, y deberé por fin, recibir el esperado don del olvido.
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