La prosa poética corresponde al segundo tipo de obras líricas que existen. En ella se pueden encontrar los mismos elementos que en el poema: hablante lírico, actitud lírica, objeto y tema, pero sin elementos formales, sin métrica ni rima.
Una intima distancia, ese espacio que media entre ti y los deseos que hay en mi de ti, exactamente allí, donde la memoria de tus ojos hace mas intensa la nostalgia de tu voz, porque desde los rincones de esta noche, en desesperado oleaje los sueños turbios, arremeten incesantes, no al recuerdo, construido como un faro sobre el roquerio indestructible del amor, sino a los días o los años que nos faltan, porque has ya de saber que hay sueños de estirpes arduas, no la usual pesadilla sino de asombro. Y es que el ciclo mítico de las estaciones nos desgasta incesante con pavorosa y lenta paciencia los años nuestros a nosotros destinados.
Yo venia por un río caudaloso, por el filo de la rompiente, venia tumultuoso a ti sabiendo el sitio exacto donde encontrarte, había muerto yo en las nacientes, río arriba, sin alcanzar a conocerte ni a verte ni a tocarte ni a tus manos que había buscado desesperado por la selva ardiente de los deseos y el dolor. Venia envuelto en el sudario de los sueños perdidos, atrapado en un verde pútrido de algas de agua dulce con la patina gris de los que han recorrido muchos inviernos, traía cansancio acumulado por siglos de esperarte de pensarte de creer que ya habías llegado a las regiones de sombras donde rompen las vertientes de mi tristeza. Iba en definitiva yo hacia ti. Y yo venia asustado de los años negros corroído por el hollín de tu ausencia, te había dibujado a imagen y semejanza de los recuerdos de ti que aun no poseía, ya, aunque no lo creas, conocía tus manos y su tacto de ternura y tus ojos y tu boca y la piel que también me duele cuando ahora despeñado en el salto de agua de este otoño te escribo para no perderte en la espuma turbulenta del río caudaloso este que me trajo hasta ti.
A los acostumbrados asombros del otoño, su lluvia nada más, el amarillo ocre de las hojas, el rojo fuego del crepúsculo, el viento tenaz y frío de la tarde, debo esta vez agregar la persistencia recurrente de tu recuerdo. Es entonces que desconociendo la tregua de los días sin ti he buscado en la penumbra monótona de las vísperas tu última imagen, el tacto retardado por la distancia, la suave reverberancia de tu voz en alguna tarde de silencios. Hacia donde no estabas, hacia esos lugares de ausencia siniestra en que tu te escondes cuando estoy lejos, hacia ese rumbo desconocido de la memoria he de ir a confirmar en el rito secreto de mis sinrazones la tristeza que hay en mi de ti.
Habían de cumplirse los destinos encontrados, a pesar del infierno que vendrá ahora con tu ausencia y el silencio de lluvia triste que deja en la piel el saberte lejos. Habré de ir entonces por tibiezas ajenas y palabras de engaño para soportar los malos días en que el espacio de tu imagen no se cumpla, sabiendo desde el fondo de la razón que no debería pensarte como te estoy pensando para cumplir el sino desesperado de no tenerte hasta nunca y desgastar la memoria de ti con la furia confusa de ese viernes maldito. Viernes de nuestra mala muerte donde vino a golpear tu puerta de mala manera el mundo hosco y ajeno que nunca quise que llenara de sombras y tristezas el otro mundo que habíamos creado a imagen y semejanza de los sueños. Y desde ese día de mi mala suerte es que ando buscándote desesperado por los vericuetos de mi almohada, por las noches largas de pura ausencia, por las calles desventuradas y las esquinas repetidas, por los lugares mas inusuales para no encontrarte con la esperanza de que hayas equivocado de nuevo el camino y sí te encuentre donde no debiera también sin esperarme pero también buscándome.
Y te llamé ese martes triste y ese jueves de misericordia porque fueron de esos días en que la infancia te carcome la memoria y en los ojos se te viene un crepúsculo premonitorio a medio día con el nublado del viento norte. No estabas, no había puerta a tu recuerdo de jardín y lluvia, de vértice de rompeolas, de noctilucas y de changos. Es que de veras tu imagen era un remolino de parques de niño y yo buscando las huellas que no dejaste con tu nombre sin grabar en el acacio de tu propia memoria, fuera del ámbito de sosiego que yo aun no conocía o reconocía de tu voz diciendo que por si o por no me esperarías. Desde entonces los días tienen la misma patina verdiamarilla de las primeras hojas de este mal otoño que inicia su rumor y ventolera anunciando un invierno inevitable con el sabor de soledades conocidas. Pero debe haber un lugar de esperanza donde pueda recuperartepara los ojos y el tacto, donde a pesar de ti y de mi permanezcamos como si el lunes oscuro de tu sino no hubiera sido aun el que me hace escribir estas palabras que me duelen cuando las pienso, cuando las escribo y cuando las leo y las releo. En esa hora mala de tu desencanto había yo de encontrar la puerta de salida a este laberinto de sueños irrealizables y partir hacia donde no estuvieras, desolado, ausente, todo lo triste que puedo ser, pero libre del peso de nuestra historia. Puedo ahora presentir la lenta soledad carcomiendo los días y las noches. Allí en la circunstancia aterradora de la rueda inmensa del universo, donde no hay ya lugar para otra tristeza que no sea la intima y personal ausencia de alguien cercano a ti. Hay un vacío en todo, y es justamente ese vacío el que nos ocultamos a nosotros mismos con la delgada y transparente reverberancia de los sueños.
Los sueños, esas escasas memorias que desearíamos poseer, mínimos vestigios de nuestros naufragios, que atesoramos para sobrevivir a la llanura estéril y silenciosa del olvido, siempre calcinada por las vísperas. No tengo mas ausencias que las que yo mismo pude crear, son entonces escasas y ajenas, y en la cadencia de sus nostalgias bajan hacia las tardes de atardeceres solitarios llenándolas de una tristeza primigenia, socavando la raíz de la existencia cotidiana. Hay un oculto sino en cada paso que damos y en esa misteriosa trama esta aun por mostrarse la verdad de todo este universo. Solo dos o tres voces y algunas manos ya perdidas en los años, están justificando las esperanzas, los sueños, la tristeza de esta mañana intranscendente de este viernes del agosto maldito este en el año del Señor, cuando aun no percibo mi muerte. Pero puedo imaginarte, incluso como no eras, a la orilla de los ríos furiosos donde yo habito o deshabito según las mareas de sombra que se rigen por las repetidas lunas que me abruman de ti. Imaginarte dolorosa, tendida de muerte bajo el ciruelo que no conociste, desgastada por los tantos días de ahora mi ausencia, sin el fuego de vida que te daban mis manos, así, solo cenizas. Entonces hubo un sueño de ti que se repetía, un sueño de ilimitados paisajes marinos, de nocturnos ateridos y crepúsculos silenciosos. Con el tiempo el sueño fue de tardes asustadas, con un mar lejano e intocable. Estas horas iban siendo cada vez más densas, definidas por un azar desconocido. Ahora, desgastado por el insomnio, el sueño es ya, apenas, una leve certidumbre. El rostro, tu rostro, se pierde en la maraña de los días, las palabras ocupan pequeños espacios. La noche es finalmente una decidida e intima nostalgia.