Volveré un día en alguna noche de primavera, fresca y olorosa a las flores blancas del ciruelo de mi infancia, sin ruidos ni presencias, con el alma brillante, quieta, insensible, olvidado de las cosas, los años y las gentes, al descanso perdido del polvo eterno, y así, esparcido por fin en este universo sin tiempo, sabré que pertenezco al todo y poseeré la certeza de ir a ser mañana el helecho exuberante que acompañara la rosa roja que miraran los ojos de tu mañana, o la piedra inverosímil en que el indio molerá el maíz de tu estirpe. Volveré a ser ese polvo definitivo, ausente de mi mismo pero omnipresente a través de los días y los días, y mas aun, después que estos días y soles desaparezcan en el ciclo infinito de los tiempos, participare nuevamente desperdigado en los cúmulos resplandecientes de los nuevos universos. Ya sin dolor ni esperanzas compartiré la fiesta inicial del primer amanecer, disuelto en las nubes que traerán la primera lluvia y también en la tierra ardiente que comenzara a construir la semilla que traerá el germen inevitable del dolor y la esperanza que me habitarán, estoy seguro, cuando sea otra vez, como ahora, esta mi hora.
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