
Y te llamé ese martes triste y ese jueves de misericordia porque fueron de esos días en que la infancia te carcome la memoria y en los ojos se te viene un crepúsculo premonitorio a medio día con el nublado del viento norte. No estabas, no había puerta a tu recuerdo de jardín y lluvia, de vértice de rompeolas, de noctilucas y de changos. Es que de veras tu imagen era un remolino de parques de niño y yo buscando las huellas que no dejaste con tu nombre sin grabar en el acacio de tu propia memoria, fuera del ámbito de sosiego que yo aun no conocía o reconocía de tu voz diciendo que por si o por no me esperarías. Desde entonces los días tienen la misma patina verdiamarilla de las primeras hojas de este mal otoño que inicia su rumor y ventolera anunciando un invierno inevitable con el sabor de soledades conocidas. Pero debe haber un lugar de esperanza donde pueda recuperarte para los ojos y el tacto, donde a pesar de ti y de mi permanezcamos como si el lunes oscuro de tu sino no hubiera sido aun el que me hace escribir estas palabras que me duelen cuando las pienso, cuando las escribo y cuando las leo y las releo. En esa hora mala de tu desencanto había yo de encontrar la puerta de salida a este laberinto de sueños irrealizables y partir hacia donde no estuvieras, desolado, ausente, todo lo triste que puedo ser, pero libre del peso de nuestra historia. Puedo ahora presentir la lenta soledad carcomiendo los días y las noches. Allí en la circunstancia aterradora de la rueda inmensa del universo, donde no hay ya lugar para otra tristeza que no sea la intima y personal ausencia de alguien cercano a ti. Hay un vacío en todo, y es justamente ese vacío el que nos ocultamos a nosotros mismos con la delgada y transparente reverberancia de los sueños.
.
No hay comentarios:
Publicar un comentario