Salí un día de la casa de mi infancia, dejando atrás un patio donde jugaban mis hermanos, un ciruelo que alguna vez te describí florecido y nocturno, y las rosas y dalias de mi madre ya eternas en mi nostalgia. Aquel era, ahora lo se, el único lugar donde habría de ser feliz. Fui entonces en tu busca por los derroteros desolados de los navegantes de mares interiores, los malos vientos y los malos días me dejaron al fin esperándote en la esquina equivocada con mi soledad de adolescente y la lluvia triste de inviernos sin ti. Debo haber vivido años allí como un corsario a la espera de emboscarte. Después los vientos cambiaron y los días llegaron a su fin, debí partir otra vez a los rumbos designados por el azar y los tiempos, así anduve en desesperación y ausencia por las ciudades y los años buscando el lugar y la hora donde habría de encontrarte. Solo poseía para reconocerte el recuerdo confuso de tus ojos y el tacto de tu pelo o tus manos, pienso ahora que sentía también una leve reminiscencia de tu voz aun no confirmada por los hechos, es que aun no te conocía.
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